El abordaje de las cefaleas primarias en los servicios de urgencia presenta significativas posibilidades de mejora, en especial, según la investigación, mediante innovadores protocolos terapéuticos que podrían incorporar fármacos específicos como los triptanes parenterales.
El tratamiento habitual, centrado en antiinflamatorios y antieméticos, logra un alivio inicial evidente durante la estadía hospitalaria, aunque cuatro de cada diez pacientes refieran dolor persistente al día siguiente del alta. La continuidad asistencial posterior al egreso constituye un tema crítico, dado que la atención actual carece de una estrategia estructurada de transición hacia el manejo ambulatorio de los enfermos con cefalea.
El fortalecimiento de la prevención primaria y secundaria resulta indispensable para reducir la persistencia y la recurrencia de los síntomas en personas con antecedentes de cefaleas reiteradas que acuden a urgencias. Las estrategias multidisciplinarias que integren el tratamiento agudo, el seguimiento después del alta y la prevención podrían optimizar la atención de estos pacientes y mejorar la continuidad de su cuidado.
El artículo que publica la revista de ciencias médicas Ars MEDICA * describe las características clínicas y epidemiológicas de los adultos que consultan por cefaleas primarias en el servicio de urgencia de un hospital de alta complejidad. El trabajo examina además los tratamientos administrados durante la atención, la evolución del dolor en las horas siguientes al ingreso y la persistencia sintomática a las 24 y 72 horas posteriores al alta.
Una carga subestimada
La cefalea primaria carece de una causa estructural identificable, a diferencia de la secundaria, originada en trastornos vasculares, infecciosos, neoplásicos o estructurales como la hemorragia subaracnoidea, la meningitis o la sinusitis. Las formas primarias más frecuentes incluyen la cefalea tensional, con dolor opresivo bilateral constante; la migraña, en cambio, provoca dolor pulsátil unilateral acompañado a menudo de náuseas, vómitos, fotofobia o fonofobia.
Las cefaleas representan entre el 1% y el 4% de las consultas en los servicios de urgencia, con un predominio de cuadros primarios que oscila entre el 70% y el 90% de los casos. Los datos epidemiológicos locales son escasos; un estudio poblacional antiguo documentó una prevalencia de migraña del 7,3%, con un 12% en mujeres, mientras otro trabajo halló cefalea tensional en el 26,9%.
La evidencia indica que más del 75% de los pacientes no obtiene un alivio efectivo con el tratamiento de urgencia, con un riesgo de persistencia superior al 50% durante las primeras 24 horas. Las guías internacionales recomiendan como primera línea la metoclopramida y la proclorperazina intravenosas o el sumatriptán subcutáneo, junto con dexametasona parenteral para prevenir recurrencias, cuyo beneficio resulta modesto. Los antieméticos antidopaminérgicos superan a los opioides en ensayos controlados; el ketorolaco logra tasas de alivio mayores del 60%, mientras que estos últimos quedan desaconsejados por su escasa eficacia y su potencial adictivo. Numerosos fármacos con respaldo científico, como los triptanes parenterales, la proclorperazina o la difenhidramina, no están disponibles en el país, circunstancia que dificulta la adherencia a la mejor evidencia actual.
Detalles del ensayo
El estudio observacional prospectivo incluyó 137 adultos de 18 a 65 años atendidos entre 2021 y 2024 en el servicio de urgencia de un centro académico de alta complejidad de Santiago de Chile.
Los participantes presentaban cefaleas primarias recurrentes sin signos de alarma; fueron excluidas las mujeres embarazadas y quienes necesitaban evaluación neurológica, neuroimágenes o estudios de laboratorio con internación. Los médicos tratantes eligieron libremente la terapia; un grupo independiente midió el dolor con una escala visual analógica durante la estadía, mientras otro, ciego a esos datos, efectuó el seguimiento telefónico a las 24 y 72 horas.
El 79,6% de la muestra correspondió a mujeres, con una mediana de edad de 38 años; el dolor resultó mayormente opresivo o pulsátil, acompañado de náuseas o vómitos en casi tres cuartas partes de los casos.
El ketorolaco (81,8%) y la metoclopramida (70,8%) encabezaron las prescripciones; la intensidad del dolor descendió de una mediana de 7 puntos al ingreso hasta 2 puntos al alta, ocurrida al cabo de dos horas. Solo el 8,8% requirió un segundo fármaco, principalmente droperidol; sin embargo, el dolor persistía en el 41,4% de los pacientes contactados al día siguiente y en el 29,6% a las 72 horas.
Brechas terapéuticas
El marcado predominio femenino y la alta proporción de antecedentes migrañosos coinciden con estudios internacionales, en los que factores neuroendocrinos, epigenéticos y socioculturales explicarían la disparidad entre sexos.
La elevada frecuencia de cefaleas recurrentes previas sugiere una brecha entre la prevención ambulatoria y la necesidad de atención urgente, con interrogantes sobre la eficacia de las estrategias preventivas vigentes.
El predominio del ketorolaco como opción principal refleja una adherencia parcial a las guías, que aconsejan terapia combinada desde el inicio en la migraña moderada o grave. Según los autores, la escasa utilización de triptanes, considerados de primera línea en múltiples recomendaciones, revela una brecha terapéutica importante vinculada con la falta de presentaciones parenterales en el mercado chileno; además, manifiestan llamarles la atención el uso preferente de betametasona sobre dexametasona para prevenir recurrencias, pese a que los metanálisis respaldan únicamente a la segunda; el temor al prurito perineal podría explicar la elección.
La persistencia sintomática posterior al egreso contrasta con una tasa de reconsulta cercana al 2%, discrepancia atribuible a barreras de acceso, normalización del dolor o resignación ante la supuesta ausencia de alternativas.
Las limitaciones funcionales detectadas durante el seguimiento indican que la evolución clínica exige valorar la recuperación de la funcionalidad y la prevención de recurrencias, además del alivio inmediato del dolor. Un protocolo de alta optimizado debería incluir, junto a la derivación ambulatoria estructurada, analgesia oral de rescate, profilaxis breve ante crisis frecuentes, educación sobre el manejo domiciliario y las señales de alarma.
La permanencia mediana de 122 minutos en urgencias podría reducirse mediante agentes de acción rápida; la infusión continua de metoclopramida, por su parte disminuye, sin perder eficacia, los efectos extrapiramidales, especialmente la acatisia.
El sumatriptán subcutáneo comienza a actuar en unos diez minutos y alivia significativamente el dolor a la media hora en más del 70% de los casos, con posibles mejoras en el flujo asistencial.
Perspectivas de mejora
El estudio resalta su contribución de información basal útil para futuras investigaciones orientadas a evaluar las indicaciones terapéuticas al alta, el vínculo con la evolución posterior de la cefalea primaria y analizar también el aporte de triptanes y ergotamínicos, fármacos cuyo papel en las urgencias permanece poco explorado en el medio local pese al respaldo internacional que los avala.
La cefalea primaria figura entre las principales causas de años vividos con discapacidad, sobre todo entre los 20 y los 50 años, carga que podría mitigarse con un manejo adecuado. La generación de estadísticas propias sobre las consultas de urgencia, hoy registradas junto con otros diagnósticos de alta, facilitaría el diseño de políticas sanitarias efectivas y la planificación de recursos asistenciales.
Los autores reconocen diversas limitaciones del estudio:
el tamaño moderado de la muestra perteneciente a un único centro académico, reclutada sobre todo en horario hábil, con generalización restringida a otras poblaciones y franjas horarias;
la pérdida del 36% de los participantes en el seguimiento telefónico, capaz de sesgar la estimación de la persistencia sintomática;
ausencia de un neurólogo entre los investigadores pudo acarrear menor validez diagnóstica en cuadros complejos;
falta de registro sistemático del momento exacto en que comenzaba a ceder el dolor;
omisión de una estratificación por subtipos, como migraña o cefalea tensional;
arencia de datos sobre automedicación o fármacos previos.
